«Gory»: del grafiti al mural pero siempre a través del spray

FOTO: PABLO F. ESTÉVEZ // A obra de Gory "A árbore da vida", que loce no bar Gondomar, foi un encargo do propietario como agasallo á súa muller.

Cada vez es más habitual cruzarse con grandes murales ocupando fachadas y paredes en las calles donde sus autores dan rienda suelta a su imaginación, plasman obras a partir de un modelo o simplemente funcionan como obras de iniciación. Unos lo llaman arte y otros grafiti, aunque una minoría lo sigue tildando de vandalismo, lo que si es cierto es que muchos de ellos llenan de color espacios que antaño fueron zonas carentes de atractivo, aburridas y sosas, en definitiva muertas. Hoy en día esta práctica está de moda partiendo de grandes ciudades extendiéndose a municipios más pequeños, y la comarca del Val Miñor no va a ser menos. Se hace llamar “Gory”, tiene 40 años y es natural de Chaín, muchos lo llaman artista o grafitero pero a sí mismo prefiere catalogarse como un “currante”. Pinta al aire libre y en Gondomar tiene varios murales como por ejemplo en el parque de A Coelleira, en el antiguo matadero, en el instituto Auga da Laxe o en el colegio nigranés de Panxón, pero también hace obras por encargo en espacios cerrados.

Estudió diseño gráfico en donde pudo poner en práctica la mayoría de técnicas pictóricas, aunque si tiene que elegir lo tiene claro y no cambiaría los sprays «por nada del mundo». “Puedes imitar cualquier estilo e incluso mejorarlo, el truco es la técnica y utilizar el cabezal adecuado para cada momento”, explicó. Actualmente se encuentra trabajando en varios proyectos fuera de la comarca aunque tienen en mente otros para Baiona y Nigrán.

Su pasión comenzó por casualidad a la temprana edad de 16 años, momento en que él y un amigo se fueron a Orense para estampar sus firmas en una pared, ahí lo vio claro y se enganchó hasta el punto que lleva hechos más de 300 a lo largo de 25 años, aunque ahora está metido de lleno con los murales. Su obra de mayor envergadura tiene 300 metros cuadrados, está ubicado en la villa marinera de Bouzas y lo tituló “los veleros”. Cualquier sitio le vale y su santuario se encuentra debajo de la autopista, esta zona es su favorita puesto que “puedo hacer lo que me venga en gana, no tengo de ajustarme a bocetos prefijados y aquí pinto lo que me sale”.

Utiliza su propia técnica primero “mancha” la pared para sanearla, de esta manera se tapan los poros y no desperdicia tanta pintura. A partir de ahí va de atrás hacia adelante y de arriba hacia abajo. “Trabajo para que nos entendamos por capas, como si fuese photoshop”, afirmó. No tiene un tiempo fijo por trabajo ya que no sólo depende del tamaño puesto que la complejidad es un hándicap, así como el número de colores que puede ir de cinco como a trescientos, aunque según explicó suele utilizar en torno a 40 diferentes. “Muchas veces para hacer la gama de colores en una obra puedo gastar veinte de uno como siete pinceladas de otro”, matizó. Aun así en los trabajos de mayor envergadura dedicó más de trescientas horas y 200 sprays, lo que supone una inversión inicial en pintura que muchas veces supera los 600 euros.

En cuanto a la calidad de cualquier obra, la compara con un buen vino. “No todo el mundo sabe de ellos, pero se da cuenta cuando está bueno o cuando no”, finalizó.