Más de 6.000 personas participaron hoy en la manifestación convocada por la plataforma Galiza pola Paz en Vigo para rechazar el desfile militar que acogió la ciudad con motivo del llamado “Día de las Fuerzas Armadas” y reclamaron paz y soberanía contra la cultura de la guerra y que el gasto en armamento se destine a reforzar la enseñanza o la sanidad pública.
La marcha arrancó a mediodía del cruce de Vía Norte con Urzáiz al grito de “Ni guerras, ni OTAN, ni gastos militares” y finalizó cerca de las 13:30 horas en el entorno de la Puerta del Sol, donde se dio lectura al siguiente manifiesto:
Hoy, mientras nosotros llenamos las calles, en nuestra ciudad se celebra una demostración del más rancio militarismo español. Tuvieron que llevarlo a Samil porque las calles y plazas que las viguesas y vigueses recorremos día a día no aguantarían el peso de los tanques y porque sus curvas, esquinas y cruces no le prestan a la maniobrabilidad de la tropa. Y tenemos que decirlo sin rodeos, sin medias tintas y, sobre todo, sin pedir disculpas: este desfile es una obscenidad. Una obscenidad desde muchos puntos de vista. Y no lo es solo por lo que en estas semanas estamos sufriendo los vecinos: los cortes de tránsito, las actividades desplazadas, los espacios confiscados para acomodar militares y equipamiento.
Hace falta preguntarnos también, por ejemplo, qué enseñanza recibieron los niños de los tres centros escolares que esta semana fueron llevadas a presenciar el izado de la bandera española en Montero Ríos. ¿Qué lección aprendieron? ¿“Espíritu nacional”? ¿Que el ejército español es una salida laboral? Y es obsceno, también, el dinero público tirado a la basura para este espectáculo grotesco. Solo la grada de autoridades cuesta 400.000 euros. Casi medio millón para un día, unas horas. Después: desmontar y a la basura. La pregunta es: ¿por qué es este el único gasto que conocemos?
Pero el desembarco no se limita a Vigo. Hace días que el ejército se pasea por toda Galicia exhibiendo armamento pesado, haciendo presentaciones a los niños, como una caravana de maravillas. Una caravana que oculta, de manera sistemática, la única verdad: que ese armamento y esos uniformes están pensados para matar y para destruir. Hoy nadie puede seguir acreditando en serio en la falacia de los ejércitos que recorren el mundo como si fueran fuerzas de paz. Los ejércitos del imperialismo solo llevan muerte y destrucción.
Hoy en Vigo, esos tanques y esos fusiles desfilan bajo el sol, para exhibir su patriotismo y recordarnos que somos un país ocupado. Por el mundo fuera esos mismos tanques y esos mismos fusiles desfilan por ciudades en ruinas y países destruidos. Por mucha bandera española que nos pinten en el cielo, por mucha parafernalia que desplieguen, este desfile sigue siendo ajeno a las prioridades reales de la gente de esta ciudad y del conjunto de la clase trabajadora. Pero, sobre todo, continúa siendo incompatible con la defensa de una cultura de paz.
Este desfile, y todos los actos que lo precedieron en los últimos días, tienen una función bien precisa: normalizar la presencia militar en nuestro país y hacer propaganda de sus actividades ante toda la sociedad, normalizando el ejército como una institución más. Y, sobre todo, presentarlo desligado de las palabras que de verdad le pertenecen: guerra, violencia, ocupación, muerte. Porque este ejército que hoy desfila en Vigo es el mismo ejército que participó en la invasión de Irak en 2014. Es el mismo ejército que se paseó por Afganistán hasta huir del país de cualquier manera, dejándolo a los pies del fundamentalismo talibanes.
Y es el mismo ejército que el Gobierno español valora ahora enviar a Ucraniana. De esto no nos van a hablar. Nos van a presentar las fuerzas armadas como una especie de grupo de intervención en catástrofes o en los incendios que nos arrasan el país cada año. No nos dejemos engañar tan fácilmente: los ejércitos sirven para matar, para controlar y para disciplinar. ¡Para los incendios queremos servicios públicos y brigadas todo el año!
Además de eso, no podemos dejar de subrayar que, según el artículo VIII de la Constitución española en vigor -que la mayoría del pueblo gallego no refrendó en 1978- este ejército tiene como misión última garantizar por todos los medios la “indisoluble unidad de España”; o sea, negar por la fuerza el ejercicio democrático de autodeterminación y soberanía a Galicia y a los diferentes pueblos del Estado. Es, pues, un ejército que emplea únicamente la lengua española en sus actos en nuestro territorio nacional y niega por lo tanto nuestra identidad lingüística propia e histórica y no respeta siquiera su estatus cooficial.
Por otra parte, estas jornadas no se dan en el vacío: son una apuesta por la cultura bélica y la guerra y una pieza más en el proyecto de militarización de nuestras sociedades. Varios Estados-miembro de la Unión Europea están recuperando el servicio militar y otras formas de formación armada. Países como Alemania aprueban aumentos escandalosos en el número de efectivos y en el armamento almacenado. La compra de armas, sobre todo de los Estados Unidos y del genocida Israel está en máximos históricos. Y seamos claros: nadie compra armas para que se pudran en los almacenes. Nadie contrata soldados solo para que desfilen, de vez en cuando, con uniforme de gala. Esta militarización se da en medio de una rápida erosión de la situación internacional.
El belicismo yanqui, jaleado ya en las últimas décadas, parece haberse desbocado de golpe con el mandato de Donald Trump: un gobierno que exige disparar los presupuestos militares, que exige desviar fondos a la OTAN y que va a exigir que la OTAN entre en sus guerras. Ya lo estamos viendo. Y se da, también, en un contexto en que la propia Unión Europea decidió desviar 800.000 millones de euros para reforzar sus capacidades militares -y cantidades aun no reveladas para la propaganda bélica-. Propaganda para convencernos de que estamos amenazadas y amenazados por una “selva” que quiere invadir nuestro “jardín”. ¿De dónde sale ese dinero? ¿Cómo se va a pagar?
La respuesta es evidente: deuda pública para engordar el complejo industrial militar europeo, y recortes en los servicios públicos para pagar esa deuda. Cada euro que vaya para esta maquinaria de destrucción es un euro que dejaremos de poner en la enseñanza, en la sanidad, en la dependencia, en la seguridad social, en las pensiones, en la vivienda. El ejército español ya nos cuesta, a las gallegas y a los gallegos, más de 1.800 millones de euros cada año en impuestos. Y el plano de la Unión Europea, el ReArm Europe, significaría sumar unos 4.800 millones más. Cuatro mil ochocientos millones. Y aun nadie nos dio una sola explicación de para qué.
Y vamos ser claros una vez más: las guerras en las que la OTAN está envuelta no fueron iniciadas por nadie que no fuera la propia OTAN o sus miembros. Las agresiones contra Irak, contra Libia, contra Siria, contra el Líbano, contra Yemen y, en los últimos meses, contra Irán; el secuestro del presidente de Venezuela; las amenazas crecientes contra Cuba. Nada de esto es respuesta a ninguna amenaza. Son todos pleitos lanzados desde las potencias imperialistas para servir los intereses de unas élites que ganan dinero primero con la venta de armas, después con la destrucción y, más tarde, con la “reconstrucción”.
¿Por qué tenemos que seguir financiando nosotros sus cuentas de resultados? El pueblo gallego ha expresado, innumerables veces, su vocación pacifista. Desde la oposición a la entrada en la OTAN o el movimiento de objeción e insumisión al servicio militar obligatorio hasta las repetidas manifestaciones contra todas estas guerras imperialistas. Del “no a la guerra” de Irak al “no al genocidio” palestino -un genocidio que continúa, aunque los grandes medios ya apagaran las cámaras y se olvidaran de él-. La posición antimilitarista y antiimperialista de nuestro pueblo se expresó de manera consistente y permanente. Y esta manifestación de hoy es una prueba más.
Por mucho que insistan en normalizar el ejército, en hacernos olvidar lo que de verdad significa y lo que de verdad implica, aquí estamos.
Frente a su militarización, ¡paz y soberanía!
¡Ni guerras, ni OTAN, ni gastos militares!





