Vigo volvió a alzar la mirada hacia el Cristo de la Victoria

Miles de personas acompañaron este domingo al Santísimo Cristo de la Victoria en la tradicional procesión por el centro de Vigo, renovando una de las manifestaciones de fe más antiguas y multitudinarias de la ciudad. Al término del recorrido, el obispo de Tui-Vigo, monseñor Antonio Valín, invitó a “alzar la mirada” para descubrir en cada persona el rostro del Señor.

Hay imágenes que terminan formando parte de la historia de un pueblo. Y hay otras que, generación tras generación, siguen caminando con él. Desde hace más de dos siglos, el Santísimo Cristo de la Victoria recorre las calles de Vigo como signo de una devoción nacida en tiempos de dificultad y que, lejos de apagarse, continúa reuniendo cada verano a miles de personas. Una vez más, la ciudad volvió a detenerse para acompañar al Cristo en un recorrido que atravesó el corazón de Vigo entre oraciones, cantos y muestras de cariño de los fieles.

A las 19:30 horas, las campanas de la concatedral-basílica de Santa María repicaron con fuerza para anunciar el inicio de la procesión. Centenares de personas esperaban ya en las inmediaciones del templo, alzando el rostro hacia el Cristo de la Victoria. A medida que la imagen avanzaba por la calle Real, algunos vecinos aguardaron su paso desde los balcones de sus viviendas para rendirle homenaje con una lluvia de pétalos y flores. Un gesto sencillo de cariño y veneración que, repetido generación tras generación, forma ya parte de la identidad de esta histórica procesión y convierte las calles de Vigo en un auténtico altar al aire libre.

En el Berbés, las parroquias del área viguesa se unieron para acompañar al Cristo con estandartes y los más pequeños de la cofradía portaban velas al inicio de la comitiva. A cada paso, personas de todas las edades, desde niños de apenas unos meses hasta mayores de setenta, se sumaban a la procesión con el corazón lleno de promesas y de gratitud hacia un Dios que cumple lo imposible.

Las gentes del mar también rindieron homenaje a su protector, haciendo tocar las bocinas de sus barcos en señal de agradecimiento a ese Cristo de la Sal que, tal y como cuenta la tradición oral, habría de salvar de un naufragio a la embarcación que lo encontró en medio de las aguas. Ahí, a los pies del mar en la calle Cánovas del Castillo, el obispo pronunció la bendición de los mares, en una ciudad cuya historia, identidad y fe han estado siempre profundamente vinculadas al mar.

Tras recorrer Montero Ríos, Colón y Príncipe, en Porta do Sol una alfombra floral, realizada por la asociación “Alfombristas do Corpus Christi de Ponteareas”, recibió al Cristo, a quien homenajearon con cantos y danzas. Después, monseñor Antonio Valín dirigió una oración que invitó a contemplar la procesión desde una perspectiva diferente. “Quizás hoy aconteció algo más profundo. No fuiste sólo tú, Cristo, quien pasó entre nosotros. Quizás fuimos nosotros los que pasamos delante de ti”, comenzó diciendo, recordando que Cristo no contempla la vida de su pueblo desde la distancia, sino que camina junto a él, mirando con amor a sus familias, a quienes sufren, a quienes buscan esperanza y a todos aquellos que cargan con el peso de la vida cotidiana.

Tal y como expresó durante la eucaristía solemne presidida en la concatedral-basílica por la mañana, el obispo volvió a detenerse en la imagen de los brazos abiertos del Cristo de la Victoria. «Aquí cabéis todos», expresó, describiendo una ciudad en la que tienen cabida los jóvenes que buscan un horizonte, los hombres y mujeres del mar, quienes llegan desde otros países en busca de una oportunidad, las personas enfermas, quienes viven la soledad, quienes atraviesan dificultades económicas o quienes dedican silenciosamente su vida al cuidado de los demás. En los brazos de Cristo -subrayó- nadie queda excluido.

A continuación, invitó a los presentes a fijarse en la mirada del Señor. Una mirada que, afirmó, no sólo consuela, sino que también interpela. “¿Y tú… hacia dónde miras?”, preguntó, animando a no acostumbrarse al sufrimiento ajeno ni a permanecer indiferentes ante las necesidades de los hermanos. Haciendo suya la invitación tantas veces repetida por el papa León XIV, exhortó a todos a “alzar la mirada”: primero hacia Cristo, para descubrir su amor; después hacia quienes caminan a nuestro lado, especialmente los más frágiles, porque en ellos continúa esperándonos el Señor.

En la parte final de su oración, monseñor Antonio Valín recordó que la victoria del Cristo no fue imponerse por la fuerza, sino vencer mediante el amor, el servicio y la entrega. Por eso, añadió, la procesión no concluye cuando la imagen regresa a la concatedral-basílica, sino que continúa cada vez que un cristiano abre los brazos para acoger, ofrece consuelo al que sufre o tiende la mano a quien más lo necesita. Antes de despedirse, pidió al Santísimo Cristo de la Victoria que permaneciera junto a Vigo y que enseñara a sus habitantes a mirar como Él, para que la ciudad siga siendo conocida no solo por la hondura de su devoción, sino también por la profundidad de su caridad.

Tras el canto emocionado del himno al Cristo de la Victoria, la venerada imagen regresó lentamente a la concatedral-basílica de Santa María. La procesión había terminado, pero el mensaje que el obispo dejó resonando en Porta do Sol continuaba abierto: alzar la mirada hacia Cristo para aprender a mirar a los demás. Quizá por eso, año tras año, Vigo vuelve a salir a su encuentro. Porque hay imágenes que no sólo recorren las calles de una ciudad; recorren también la memoria, la fe y la esperanza de todo un pueblo.


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