La noche del 31 de diciembre, mientras muchas familias celebraban la llegada del nuevo año, Maty, una podenca de 10 años, salía corriendo presa del pánico provocado por los petardos y cohetes de fin de año. Desde entonces, no ha vuelto a casa.
Maty no es solo una perrita perdida. Es el reflejo de una realidad que se repite cada año en miles de hogares: animales desorientados, aterrados y en muchos casos desaparecidos como consecuencia directa del uso de pirotecnia. Una situación que vuelve a poner sobre la mesa la necesidad urgente de revisar las normas y abrir un debate social más amplio y empático.
Desde su desaparición, la historia de Maty ha movilizado a muchísima gente. En redes sociales, su caso ha sido compartido por figuras públicas como David Amor, Dani Rovira y numerosos influencers, amplificando el mensaje y llegando a miles de personas. Pero el trabajo más duro, constante y silencioso está ocurriendo sobre el terreno.
Su familia, junto a un grupo de voluntarios y voluntarias anónimas, lleva semanas realizando batidas por los montes de Vilaboa y alrededores, pegadas de carteles, buzoneos y labores de búsqueda diarias. Personas que, sin conocerse entre sí, se han unido por una causa común: traer a Maty de vuelta a casa.
Maty es una perrita muy buena, dócil y confiada, por lo que existe la posibilidad real de que se encuentre refugiada en alguna casa, finca o terreno privado, quizá acogida por alguien que no sabe que está siendo buscada. Por eso, ahora más que nunca, es fundamental llegar a cuantos más hogares mejor.
“No pedimos milagros, pedimos atención y conciencia. Que la gente mire en sus fincas, hable con sus vecinos, piense si ha visto una perrita como Maty. Y, sobre todo, que como sociedad empecemos a preguntarnos si esta forma de celebrar merece este coste”, explica su familia.
El caso de Maty no es aislado. Cada año, las protectoras y asociaciones alertan del aumento de animales perdidos, heridos o fallecidos tras celebraciones con pirotecnia. Historias que suelen olvidarse cuando se apagan las luces, pero que dejan cicatrices profundas en familias y animales.
Hoy, Maty sigue desaparecida. Y con ella, sigue viva una pregunta incómoda pero necesaria: ¿podemos celebrar sin hacer daño?
Cualquier información, por pequeña que parezca, puede ser clave.
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