La Parranda de San Pedro consiguió reunir un año más a cientos de personas en su tradicional peregrinaje desde A Ramallosa hasta Morgadáns, en Gondomar, un recorrido de unos 8 kilómetros que desde hace más de un siglo se realiza como muestra de fe a San Roque.
Como cada 16 de agosto la comitiva partió desde A Ramallosa, pasadas las 9:00 de la mañana, los mayores caminando y los niños, las viandas y los músicos, subidos a cuatro tractores y un camión debidamente engalanados con flores para la ocasión. En cada cruce de la carretera, además de lanzar “bombas” que anuncian su llegada, más multitud se suma a la familia de la Parranda.
Ya en el centro de Gondomar, tiene lugar el tradicional encuentro con la banda de música, en esta ocasión la de Guláns, para enseguida continuar la marcha hasta el torreiro de fiestas de San Roque, siempre acompañados de la música verbenera de la Charanga OT y la animación y alegría de los caminantes.
Tras casi tres horas de recorrido, la Parranda llegó a su destino cerca de las 12:00 horas del mediodía. Después de desfilar hasta la Capilla y rodearla como manda la tradición, nada mejor para reponer fuerzas que una empanada, para a continuación asistir a la Misa Solemne y a la procesión en honor a San Roque.
Una vez finalizados los actos religiosos es el turno de las tradicionales “poxas” a cargo de Carlos Riveiro, que dan paso a la música, la comida, la charanga y la diversión en la Carballeira hasta bien entrada la tarde, cuando la Parranda recogerá sus bártulos e iniciará el viaje de vuelta cara Nigrán, para finalizar en el Convento de los Padres Franciscanos de Vilariño sobre las 20:30 horas. Después habrá baile hasta medianoche, cuando una tirada de fuegos de luces pondrá fin a la intensa jornada.
En la parroquia de Vilariño señalan a un hombre llamado Dionisio como el fundador de la parranda en 1917, personaje del que desconocen el apellido pero que, aseguran, tuvo 40 hijos con diferentes viudas por la Guerra Civil. En aquellos años, la parranda estaba integrada por una veintena de familias (sobre 100 personas) en las que las mujeres llevaban la comida en patelas en cabeza y los hombres los garrafones de vino, siempre acompañados por gaiteros todo el camino.

