La tradición religiosa forma parte de la identidad de un pueblo, de una ciudad. En el caso de Vigo, su identidad no se podría entender al completo sin la fiesta en honor al Santísimo Cristo de la Victoria que, cada año, se celebra el primer domingo del mes de agosto. Tras haber descendido del altar mayor de la concatedral-basílica viguesa, el Cristo recorre las calles, acompañado de miles de fieles, de fuera y dentro de la geografía diocesana, que acuden a la cita con aquel les trae la paz. Este domingo, a pesar del abrasador calor de agosto, multitud de devotos se congregaron nuevamente ante la imagen del Cristo; también, se sumaron a la comitiva diversas autoridades civiles, militares y eclesiásticas.
Entre ovaciones y acompañado por miembros de la Brilat, el Cristo se adentró en Praza da Igrexa para iniciar su recorrido por las calles de la ciudad olívica, abandonando, temporalmente, los muros de su hogar en la concatedral-basílica de Santa María. En esta ocasión, el periodista de Faro de Vigo, Fernando Franco, acompañado de su familia, portó el estandarte de la cofradía del Santísimo Cristo. Al paso de ofrendas florales lanzadas por devotos que se asomaban a los balcones al paso del Cristo, la procesión se encaminó por la calle Real, O Berbés, Cánovas del Castillo, Montero Ríos, Concepción Arenal, Colón, Príncipe y la peatonalizada Porta do Sol, antes de despedirse de regreso a Praza da Igrexa.
En Porta do Sol, con un diseño a cargo de Miguel García, una treintena de alfombristas de la asociación “Alfombristas do Corpus Christi de Ponteareas” confeccionaron, durante la madrugada del domingo, una alfombra de flores con la imagen del Cristo crucificado, sobre una amplia cenefa en la que predominaba el azul de la hortensia para simbolizar el azul del mar de Vigo y hacer una referencia al “Cristo de la Sal”, nombre que también recibe la centenaria talla, cuyo origen desconocemos. Cuenta la tradición oral que, en medio de una tempestad, una embarcación encontraría la talla y, habiendo llegado sanos y salvos a tierra por la intercesión del Cristo, celebrarían una acción de gracias en honor a aquel que había acudido a su encuentro en medio de la dificultad.
Siglos después, los devotos continúan acercándose al Cristo para solicitar la intercesión del Dios que se hace presente en la historia “en las encrucijadas de la vida, en tantos caminos y calles, en toda persona marcada por las cicatrices, heridas y compromisos del día a día”, tal y como expresó el obispo de Tui-Vigo, monseñor Antonio Valín, durante la procesión. En nombre de toda la sociedad viguesa, el prelado elevó su oración ante la imagen de Jesús crucificado pidiendo su ayuda para buscar la paz: “que no escatimemos esfuerzos y medios para conseguir la paz, olvidando lo que nos separa y buscando lo que nos une. Paz en tantas zonas del mundo, en tantos conflictos absurdos y estúpidos; paz en cada país, ciudad, pueblo, barrio; paz en las familias y amigos, en los trabajos y proyectos; paz en cada corazón”.
En esa búsqueda de la paz, monseñor Antonio Valín finaliza su intervención pidiendo que “descubramos que siempre es mejor caminar juntos, más unidos, saliendo siempre unos al encuentro de los otros. Enséñanos, Santísimo Cristo de la Victoria, que el mal se vence con el bien, para que comprometiéndonos con la realidad que vivimos, podamos ser hombres y mujeres de esperanza, personas de bien”.
Previamente a la intervención del obispo de Tui-Vigo, las corales de la Asociación de Corais Polifónicas de Vigo cantaron el himno del Santísimo, que finalizó con un estruendoso aplauso. Además, durante todo el recorrido, los grupos de baile de la Agrupación de los Centros Culturales y Deportivos de Vigo, junto a la banda Unión Musical de Coruxo, armonizaron el paso del Cristo.
Ahora, el Cristo de la Victoria ha regresado a su casa, a la iglesia de Santa María. Allí, fieles de todas partes acudirán a lo largo del año a agradecer la intercesión de ese Dios para el que “nada hay imposible”.

